viernes, 16 de abril de 2010

Apología de Sócrates / El Fedón.

No pretendo ser un crítico experto sino sólo dar mi opinión. Esta breve reseña es, como todas las que le sigan, tan personal y subjetiva que resultará escueta y pueril para el que sea entendido en literatura o filosofía según sea el caso.

La apología de Sócrates narra los momentos previos a su ejecución por un juicio en el que se le acusa de corromper a los jóvenes y no creer en los dioses. El proceso de este juicio sirve de preámbulo al Fedón, que también debe leerse. La defensa de Sócrates es admirable, tanto más al elegir el "camino difícil", reafirmándose ante los jueces y sus acusadores, siendo por esto condenado a muerte, pudiendo salvar su vida haciendo uso de la súplica o lisonja.

En el Fedón tenemos a Sócrates sosteniendo una charla con sus amigos sobre la vida y la muerte. Omitiendo algunos fragmentos que tienden a lo supersticioso, el discurso de este hombre me parece magistral y me identifiqué con él de inmediato, porque aún cerca de la muerte celebra la vida, otorgándole además un gran significado: somos almas que hemos encarnado en aras de nuestra perfección. Este libro representa para mí la mejor síntesis de lo que es la Evolución y mi introducción a ésta. En este sentido, la muerte para Sócrates es un proceso natural de la vida, no un motivo de sufrimiento y más aún, la convierte en una lección de vida para sus amigos y para nosotros.

Diálogos es uno de mis libros de cabecera; recurro a él cuando "pierdo la brújula" y me reorienta cuando siento que la vida comienza a perder sentido.



Dije que sería breve. Ahora me permito citar fragmentos del Fedón que me son más significativos:

"...Déjenme seguir; –repuso Sócrates– ya es tiempo de que explique delante de ustedes, que son mis jueces, las razones que tengo para probar que un hombre que se ha consagrado toda su vida a la filosofía, debe morir con mucho valor, y con la firme esperanza de que de gozará después de la muerte de bienes infinitos..."

"Los hombres ignoran que los verdaderos filósofos trabajan durante su vida para prepararse para la muerte; y siendo esto así, sería ridículo que después de haber perseguido sin tregua este único fín, recelasen y temiesen cuando se les presenta la muerte".

"...¿Te parece digno de un filósofo buscar lo que se llama el placer como, por ejemplo, el de comer y beber?

–No, Sócrates.

–¿Y los placeres del amor?

–De ninguna manera.

–Y respecto de los demás placeres que afectan al cuerpo, ¿crees que deba buscarlos y apetecer, por ejemplo, trajes hermosos, calzado elegante, y los demás adornos del cuerpo? ¿Crees que debe estimarlos o despreciarlos? Siempre que la necesidad no lo fuerce a servirse de ellos.

–Me parece, –dijo Simmias –que un verdadero filósofo no puede menos que despreciarlos.

–Te parece entonces –repuso Sócrates– que los cuidados de un filósofo no tienen por objeto el cuerpo; y que, por el contrario, procura separarse de él cuanto es posible para ocuparse sólo de su alma.

–Seguramente.

–Así pues, entre todas estas cosas que acabo de mencionar –replicó Sócrates– es evidente que lo propio y peculiar del filósofo es trabajar más que los demás hombres para desprender su alma del comercio del cuerpo".

"La razón no tiene más que un camino que seguir en sus indagaciones; mientras tengamos nuestro cuerpo, y nuestra alma esté sumida en esta corrupción, jamás poseeremos el objeto de nuestros deseos; es decir, la verdad. En efecto, el cuerpo nos pone mil obstáculos por la necesidad que tenemos de alimentarle, y con esto y las enfermedades que sobrevienen, se turban nuestras indagaciones. Por otra parte, nos llena de amores, de deseos, de temores, de mil quimeras y de toda clase de necesidades; de manera que nada hay más cierto que que se dice comúnmente: que el cuerpo nunca nos conduce a la sabiduría. ¿De dónde nacen las guerras, las sediciones y los combates? Del cuerpo con todas sus pasiones".

"Mi querido Simmias, no hay que equivocarse; no se camina hacia la virtud cambiando placeres por placeres, tristezas por tristezas, temores por temores, y haciendo lo mismo que los que cambian una moneda a menudo. La sabiduría es la única moneda de buena ley, y por ella hay que cambiar las demás cosas. Con ella se compra todo y se tiene todo, fortaleza, templanza, justicia; en una palabra, la virtud no es verdadera sino con la sabiduría, independientemente de los placeres, de las tristezas, de los temores y de las demás pasiones. Mientras que, sin la sabiduría, las demás virtudes, que resultan del intercambio de unas pasiones con otras, son sombras de virtud; virtud esclava del vicio, que no tiene nada de verdadero ni de sano. La verdadera virtud es una purificación de toda clase de pasiones".

"¿No decíamos que, cuando el alma se sirve del cuerpo para considerar algún objeto, a través de la vista, el oído, o cualquier otro sentido (porque la única función del cuerpo es atender a los objetos mediante los sentidos), se ve entonces atraída por el cuerpo hacia cosas, que no son nunca las mismas? ¿Se extravía, se turba, vacila y tiene vértigos, como si estuviera ebria, todo por haberse ligado a cosas de esta naturaleza?

–Sí.

–Mientras que, cuando examina las cosas por sí misma, sin recurrir al cuerpo, se dirige a lo puro, eterno, inmortal, inmutable; y como es de la misma naturaleza, se une y estrecha con ello cuanto puede y da de sí su propia naturaleza. Entonces cesan sus extravíos, se mantiene siempre la misma, porque está unida a lo que no cambia jamás, y participa de su propia naturaleza; y este estado del alma es lo que se llama sabiduría".

"He aquí porqué, querido Simmias y Cebes, los verdaderos filósofos renuncian a los deseos del cuerpo; se contienen y no se entregan a sus pasiones; no temen la ruina de su casa, ni la pobreza, como la multitud que está apegada a las riquezas; ni temen la ignominia ni el oprobio, como los que aman las dignidades y las pasiones.

–No debería obrarse de otra manera –repuso Cebes.

–No, sin duda, –continuó Sócrates– así, aquellos que tienen interés en su alma y que no viven para halagar al cuerpo, rompen con todas las costumbres y no siguen el mismo camino que los demás, que no saben adónde van; sino que convencidos de que no debe hacerse nada contrario a la sabiduría, a la libertad y a la purificación que procura, se dejan conducir por ella y la siguen adonde quiera conducirles.

–¿Cómo, Sócrates?

–Voy a explicarlo. Los filósofos, al ver que su alma está ligada y pegada al cuerpo, y forzada a considerar objetos por medio del cuerpo, y forzada a considerar los objetos por medio del cuerpo, como si fuera una prisión oscura, y no por sí misma, saben bien que la fuerza de este lazo consiste en las pasiones, que hacen que el alma encadenada contribuya a apretar la ligadura. Saben también que la filosofía, al apoderarse del alma en tal estado, la consuela dulcemente e intenta desligarla, haciéndole ver que los ojos del cuerpo sufren numerosas ilusiones, lo mismo que los oídos y los demás sentidos; le advierte que no debe hacer de ellos otro uso que aquel al que obliga la necesidad y le aconseja que se encierre y se recoja en sí misma; que nada más crea en su testimonio, después de haber examinado dentro de sí misma lo que cada cosa es en su esencia; debiendo estar bien persuadida de que cuanto examine por medio de otra cosa, como muda con el intermedio mismo, no tiene nada de verdadero".

"El alma del verdadero filósofo, persuadida de que no debe oponerse a su libertad, renuncia, en cuanto le es posible, a los placeres, a los deseos, a las tristezas, a los temores, porque se sabe que, después de los grandes temores, de las extremas tristezas y de los extremos deseos, no solo se experimentan los males sensibles que todo el mundo conoce, como las enfermedades o la pérdida de bienes, sino el más grande y el último de todos los males, tanto más grande, que no se deja sentir.

–¿Cuál es ese mal, Sócrates?

–El que el alma obligada a regocijarse o afligirse por cualquier objeto, está persuadida de que lo que le causa este placer o esta tristeza es verdadero y muy real, cuando no lo es. Ése es el efecto de las cosas visibles; ¿no es así?

–Es cierto, Sócrates.

–¿No se experimenta esta clase de afecciones cuando el alma está atada y ligada al cuerpo? -¿Porqué es eso?

–Porque los placeres y tristezas están armados de un calvo, por decirlo así, con el que sujetan el alma al cuerpo; y la hacen tan material, que cree que no hay otros objetos reales más que los que el cuerpo le dice. El resultado es que, como tiene las mismas opiniones que el cuerpo, se ve forzada a tener las mismas costumbres y los mismos hábitos, lo cual le impide llegar pura al otro mundo..."

"...Por el contrario, manteniendo las pasiones en perfecta tranquilidad y tomando siempre la razón por guía, sin abandonarla jamás, el alma del filósofo contempla incesantemente lo verdadero, lo divino, lo inmutable, que está por encima de la opinión. Nutrida con esta verdad, pura, estará convencida de que debe vivir siempre lo mismo, mientras permanezca adherida al cuerpo; y que después de la muerte, unida de nuevo a lo que es de la misma naturaleza que ella, se verá libre de todos los males que afligen a la naturaleza humana..."

"...Por consiguiente, respecto a la inmortalidad, que es lo que tratamos al presente, si convenimos en que todo lo inmortal es imperecible, el alma no sólo es inmortal, sino absolutamente imperecible. Si no convenimos en esto, es preciso buscar otras pruebas.

–No es necesario. –dijo Cebes– ¿A qué podríamos llamar imperecible, si lo inmortal y eterno estuviera sujeto a perecer?

–No hay nadie, –replicó Sócrates– que no convenga en que ni Dios, ni la esencia y la idea de la vida, ni cosa alguna inmortal pueden perecer.

–¡Por Zeus! Todos los hombres reconocerían esta verdad; –dijo Cebes– y pienso que los dioses estarían aún más de acuerdo.

–Si es cierto que todo lo inmortal es imperecible, el alma que es inmortal, ¿no está eximida de perecer?

–Es necesario.

–Así, pues cuando la muerte sorprende al hombre, lo que hay en él de mortal muere, y lo que hay de inmortal se retira, sano e incorruptible, cediendo su puesto a la muerte.

–Es evidente.

–Por consiguiente, si hay algo inmortal e imperecible, mi querido Cebes, el alma debe serlo; y por lo tanto, nuestras almas existirán, en otro mundo".