viernes, 7 de mayo de 2010

Meditaciones pretéritas.

No es que no tenga qué decir sobre el presente pero ya tenía intención de rescatar y recapitular algunas ideas y reflexiones de hace 3 o 4 años. Tomaba nota de cada una de ellas en hojas y cuadernos. Reflexiones breves y al azar, no muy profundas, sin orden ni concierto; escritas en primera o cuarta persona. Lo importante son los motivos, los detonantes de estas reflexiones. En su conjunto eran mi intento por diluir el sufrimiento y liberarme de la presión que ejercía sobre mí la vida. En ellas se deja entrever mi tendencia a tratar de colocar fronteras entre ella, yo y hasta mi propia psique, rozando un estoicismo extremo y hasta el solipsismo.

Siempre he estado interesado en cuestiones psicológicas y filosóficas, particularmente el Estoicismo. También me siento atraído por cuestiones con tendencia mística. Budismo, Esoterismo y otras que por dignidad no menciono pero que me venían como anillo al dedo para levantar defensas psicológicas y me sirvieron para encauzar mi sufrimiento y darle un sentido elevado.

Cierto es que la mente amplifica los eventos que suceden pero también es un hecho objetivo que mi contexto era complicado y a veces se agudizaba bastante. Mis reflexiones eran mi forma de combatir ese contexto. Pensaba postearlas todas para revaluarlas, archivarlas y atesorarlas en la red pero sería innecesario (y trabajoso), así que posteo las que engloban mi (tal vez forzado) pensar y sentir de ese entonces. He aquí otro vistazo a mi mundo interno:

Sobre la felicidad...

Tenemos estereotipos sobre la felicidad. Que la felicidad es esto o aquello, que las cosas deben ser de cierto modo y si no se dan como las hemos imaginado, uno se frustra. Al no ser nuestra idea de ella compatible con la realidad, surge un choque interno llamado frustración. Sin embargo insistimos en adueñarnos psicológicamente de los elementos externos que no nos pertenecen porque que nada tienen que ver con nosotros realmente. Pero nos identificamos con ellos, nos los atribuimos y nos decimos "esto debe ser mío, debo lograr aquello, debo convertirme en esto otro", lo cual es esclavitud. Es convertir a la felicidad en expectativa, no en algo real. "Seré feliz cuando logre, obtenga o suceda esto o aquello". Es colocarse a merced de lo inesperado y permitir que el azar determine nuestra felicidad lo cual nos vuelve inflexibles y por ende prestos a la frustración, ante las contradicciones que experimentaremos de este modo.

La felicidad no está afuera donde todo es incierto y azaroso.

Obstáculos internos y externos...

Los percances nos pueden afectar física o externamente mas no internamente. Si uno intenta lograr o conseguir algo y falla en sus intentos, la mente se involucra con eso y reacciona con frustración, se asusta y uno puede llegar a decidir abandonar todo intento de logro, independientemente del grado de dificultad de la situación. Podemos tener enfrente uno o varios problemas que nos afectan exteriormente, pero estos no deben minar nuestra confianza ni trastocar nuestra seguridad.

Si se nos presenta un acto malintencionado y nuestras posesiones o circunstancias son afectadas, tanto las malas intenciones como su efecto (la agresión y el daño) son reales. Lo irreal y falso es asustarnos, intimidarnos o enojarnos ante ello, sin importar el tipo de agresión. Tampoco debemos reaccionar externamente abandonando nuestras tentativas de solución o logro.

Debemos aprender a distinguir y reconocer cuando la vida nos detiene y cuando lo hacen nuestros miedos; cuando pudimos lograr algo pero dudamos de nosotros, nos atemorizamos y no emprendimos la acción. Es natural ser abatidos ocasionalmente por la vida, mas no podemos permitir ser derrotados por nuestra mente y sus miedos.

Desconfiar de la vida, desconfiar de la mente y confiar en sí mismo.

Sobre el mal...

Nuestro Ego le da poder a los actos mezquinos. Sin aquél, éstos no existen. Un ser superior, carente de ego, reconoce las malas intenciones pero se encuentra por encima de ellas y no lo alcanzan. Así que no se siente aludido ni se ofende. Porque no es la mezquindad circundante la causa del malestar sino el ego que llevamos dentro. Sin ego no hay agravio. El ego se proyecta y magnifica el mal. Según la interpretación del agravio es el impacto.

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