sábado, 11 de septiembre de 2010

El rincón del pensar.

Cuando de niños cometíamos una falta, nuestros padres nos enviaban al "rincón del pensar", que era cualquier rincón de la casa donde pudiésemos estar solos con nuestros pensamientos. Ahí debíamos cavilar sobre nuestros actos después de haberlos rectificado y pedido perdón a los agraviados.

Recuerdo una vez que mi hermano y yo, de niños, fraguamos una travesura. Las travesuras no tienen sentido sin víctimas de por medio y aquella ocasión el objetivo fue una vecina que nos desagradaba. Todo salió bien hasta que mi padre, después de ver nuestros rostros mustios sospechó, y nos interrogó brevemente, confesando entonces nosotros nuestro crimen.

No hubo regaño. No hubo chantaje. No hubo castigo. Simplemente nos ordenó presentarnos con la vecina y disculparnos con ella. Muy a nuestro pesar lo hicimos. Ya en casa nos sugirió meditar en lo que habíamos hecho.

Tengo que reconocerle al viejo, en este caso, su acierto.

Fue una dura lección para un par de chiquillos. Pero creo que eso nos engrandeció ante la agraviada y suscitó en nosotros un atisbo de hombría o dignidad. Por un momento nos convertimos en adultos pequeños, e internamente me enorgullecí de mí mismo por tener el valor de encarar a aquella vecina y superar mi vergüenza.

En verdad que ahora esos periodos de soledad y reflexión son mi oxígeno. Sin esos momentos me siento vacío, porque he aprendido a colmar mi interior con mis propios pensamientos.

Recordé este incidente por una amiga que mencionó que aquellos que se portan mal, merecen ser enviados al "rincón del pensar".

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