domingo, 10 de octubre de 2010

La tempestad.

No tengo mucho qué decir estos días, pero quisiera rescatar otra entrada de mi primer blog:

—10 de junio de 2009

Cuando la tempestad se impone, retrocedemos y nos internamos buscando refugio. Aunque en el fondo sabemos que el refugio no es muy seguro y que la tormenta puede tocarnos, confiamos en él y a él nos aferramos porque es lo único que tenemos en ese momento, mas no lo mejor. La tormenta parece ensañarse. Pero se aclara el cielo, y vemos que hemos sobrevivido sin entender cómo lo hicimos; es un milagro y nos sorprende. Cierto orgullo y satisfacción nos alcanzan, pero son opacados por el temor de una próxima tormenta, más feroz que la anterior, y la duda de repetir el milagro otra vez.

Así andamos el camino, con esa astilla en el alma por guía que hace inseguro nuestro paso. Perdemos ese caminar decidido y arriesgado, falto de consideración, y hasta llegamos a arrepentirnos de ese andar desafiante de antaño, tan expuesto; y nos entregamos a un torpe andar que, cuanto más discreto, más corto y limitado. Cada paso resignado le imprime temor a nuestra alma y la va matando poco a poco.

Nuestro coraje se convierte en un recuerdo. Y toman su lugar la duda y la resignación.

Si volteamos hacia nuestras huellas veremos que no existen. Porque el andar de un muerto es falso: se engaña que avanza con rumbo pero no va hacia ningún lado. Así muere quien camina huyendo, sin saber que la tormenta venía a salvarlo. Ella es el umbral de una fortaleza sólida, más sólida que cualquier refugio incierto. El verdadero milagro no consiste en resistirla, sino entregarse a ella.

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