jueves, 2 de diciembre de 2010

Por encima de todo.

Nacida para reptar, la bestia contemplaba impotente el cielo. Envejecida y enferma, vivía orgullosa en lo más hondo de su nido, conforme con su profundidad. Aunque enfrentaba la extinción, aspiraba a expander su dominio. Acechando, invadiendo y atacando, traía la inmundicia consigo. Hambrienta y desesperada, salió un día en busca de alimento, evitando la luz del Sol, que odiaba.

Entonces del cielo bajó un ave que se posó cerca suyo a descansar sus jóvenes alas, pues éste era uno de sus primeros vuelos. La bestia observaba. En un vigoroso aleteo, una pluma se desprendió de su plumaje, e hirió los ojos de la bestia, quien fingió no ser herida.

El ave retomó su vuelo, y la bestia regresó a su nido, desmentida por aquél encuentro. La obsesión se apoderó de ella y no podía dejar de pensar la existencia de aquél ave, de su vuelo en libertad, de su soberbio plumaje. De esta apreciación surgió el temor y el resentimiento. Pronto se unió con los suyos, les compartió su sentir y les dijo:

Ese ave que ronda por aquí, toma lo que nos pertenece y su presencia nos hace inferiores. Ella es culpable de nuestra condición y quiere destruirnos. Está en contra nuestra y nos ha causado mucho daño. Pero nuestra fuerza reside en la colectividad y juntos podemos hundirle. Sólo cuando deje de existir viviremos en paz.

Persuadidos por el rencor, asintieron. Planearon y esperaron pacientemente, para destronar al ave.

Llegó el momento esperado. Apenas se posó el ave, las bestias arremetieron contra ella, disfrutando con malicia por su desconcierto. Inexperta, no sabía del mal, solo de la independencia y la libertad. Sin darse cuenta fue abatida y hundida en la tierra. Al ver sus alas destruidas, dudó de sí misma, creyó en el mal y dejó de ver al cielo. Su visión se tornó difusa. Permaneció inmovilizada y temerosa. Las bestias celebraban a su alrededor y dijeron:

Hemos vencido al ave que tanto daño nos ha causado y ya nadie la verá volar.

El cielo se nubló e inició una tormenta. Las bestias se resguardaron. El ave creía sofocarse en el fango y se desplomó, esperando la muerte. Jamás pensó terminar así.

Pero la muerte no llegaba. El ave no podía morir. Y pensó:

Por más que oscurece el cielo, sigo aquí. He sido abatida, sepultada y no he muerto. ¿Qué se necesita para yo morir?

Aguzando su visión, se dijo:

¿Acaso fui creada para permanecer inmóvil, compadeciéndome?

Las bestias no hablaron; yo escuché. Las bestias no me intimidaron; yo fui ignorante. Las bestias no me destruyeron; yo creí.

¿Quién tiene el poder?


Súbitamente, el ave se levantó, descubriendo un plumaje distinto. Las bestias, que jamás podrían dejar de ser lo que eran, bramaron:

¡No debes levantarte, regresa a tu condición!

La rodearon, la embistieron y la atacaron, pero el ave ya no se hundía. Comenzaron a fatigarse. El ave dijo:

Su actuar surge del miedo, ¿a qué le temen?

Sacudió sus alas con tal intensidad que todo lo hizo a un lado y se elevó. Superó las alianzas, las nubes, la tormenta, las ilusiones y alcanzó un cielo despejado. En lo alto observaba todo debajo de sí, y se sintió libre e inalcanzable. La luz del Sol la tocó. Y dijo:

Esos ataques, en los que creí y que consideré un mal, han fortalecido mis alas y afinado mi visión. Ahora puedo volar más alto.

Un verdadero ave no permanece pasiva, arrastrada por la inercia del viento suave y el vuelo fácil; un verdadero ave bate sus alas en la tormenta, se sumerge, la desafía y se mide con ella. Podrá extinguirse pero no sucumbir, y será testigo de su propia fuerza.


Y descendió de nuevo para ponerse a prueba, para hacerse fuerte.

Las bestias se propusieron derribar al ave definitivamente. Pensaron que destruyendo los recursos del ave, destruirían al ave. Pero los recursos de ésta no se encontraban afuera. Ella siempre podría elevarse a voluntad, y realizar hazañas que las bestias jamás podrían, por su naturaleza reptante. El ave se posó frente a las bestias y por más que intentaban hundirla no lo conseguían. Su persistencia les denigraba. Al atacar al ave no se hacían mejores, ni fuertes, ni nobles. Habían consagrado su vida al ave, y se encontraban desgastadas y envenenadas por su propio mal. El ave les dijo:

El verdadero daño les fue causado por aquél que ha apelado al mal que hay en ustedes para consumar el suyo. Se oculta tras de ustedes y se hunden con él.

Confundidas, se hicieron a un lado y retrocedieron. La tormenta cesó y la bestia impotente quedó sola con su mezquindad. El ave regresó triunfante a donde pertenecía. Aprendió a transformar el mal en bien y a elevarse por encima de todo.


2 comentarios:

  1. por casualidad estoy aquí y éste relato me ha gustado mucho. Lo he leído varias veces quiero comprenderlo todo. Quiero sacarle mucho provecho. Saludos desde Toluca

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    1. Gracias por comentar. Realmente no tiene mucha profundidad. Es una suerte de metàfora sobre una mala època que vivì.

      Un saludo hasta Toluca. :)

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