viernes, 4 de marzo de 2011

Ese aire melancólico.

Me han dicho que tengo una visión un tanto pesimista de la vida. No me doy cuenta cuando causo esa impresión, pero siempre alguien termina dándome un consejo o brindándome apoyo. Por ejemplo, en una charla que tuve sobre cómo pasar los días festivos, comenté que he pasado varios de ellos sin compañía alguna. Al poco rato una persona se me acercó y me dijo que si necesitaba con quién charlar, contara con ella.

En otra ocasión le permití a una persona leer algunos escritos míos. Me dijo que lo que escribía se leía melancólico, y que me imaginaba como un cachorro abandonado... ah, vamos, ¿qué es eso? Al revisar mis escritos no noté nada que, según yo, provocara conmiseración. Admito que tiendo a escribir sobre las cosas que me molestan. Pero, en vez de parecerle irritable o iracundo, le causé una impresión de lástima. ¿En verdad estaré tan mal y no soy capaz de observarlo?

Con los vecinos, lo mismo, particularmente con la gente mayor. Les da gusto verme y al saludarme me dicen, te ves muy bien, como si el bienestar fuera inusual en mí y les extrañara verme entero. Una vecina (en paz descanse) tenía la costumbre de poner su mano en mi mejilla, expresando así su aprecio, pero también su compasión.

Ni hablar de mis parientes. Con ellos las miradas de conmiseración son evidentes y vergonzantes. Y a pesar de mi actitud de seguridad, se me quedan viendo raro, como si se percataran de que no es mi actitud natural. Joder, ¿no se pueden tragar el anzuelo? Y esa pregunta, ¿estás bien?, con un dejo de escepticismo y mirada compasiva, es una patada en los nobles.

Por un lado es bueno saber que la gente tiene corazón y está dispuesta a darle la mano a su prójimo. Lo que me incomoda es que ese prójimo siempre resulto ser yo, por esa impresión involuntaria de minusvalía que causo en los demás. Hasta me hace pensar que me conocen mejor de lo que me conozco yo mismo. Debe ser mi actitud silenciosa, discreta. Esa marcada intención de pasar inadvertido, mi introversión.

Ok, me rodea cierto halo de negativismo, pero, ¡carajo, no es para tanto!

Este fin de semana me regalaré una caminata solitaria por ahí. Debo decir que camino con paso firme y jamás cabizbajo; eso me renueva y devuelve la dignidad.

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