sábado, 18 de junio de 2011

El maestro en mis sueños.

Esa primera vez que irrumpió en el salón se sentó, sacó unas hojas, se levantó y se presentó. No recuerdo su nombre, pero era el clásico educador: encajaba perfecto en el arquetipo que la televisión y los libros han creado. Su presencia resultaba anacrónica. Pero ahí estaba, con todo su conocimiento y experiencia, vulnerable frente a un colectivo salvaje. Tenía más de cincuenta años.

Después pasó lista mecánicamente, como si no le importara estar ahí. Luego anotó algunos problemas en el pizarrón. Volvió a su lista y eligió al azar algunos compañeros para resolver esos problemas. Entonces sí me sentí tenso: ese tipo de participaciones siempre me han sido difíciles. ¡Cómo aborrezco esa época! La recuerdo y evoco un vacío.

Ese momento me marcó porque, si me hubiera tocado levantarme frente al grupo, hubiera expuesto mi ignorancia el primer día. Las matemáticas jamás han sido mi fuerte. Desde la primaria hasta la preparatoria siempre tuve dificultades con la materia. Me desarma psicológicamente toparme con mi imbecilidad. Sentirse y saberse completamente idiota no es nada agradable.

¿Has discutido con alguien que sabe más que tú, y que hace alarde de conocimientos a tus expensas, derribando cada uno de tus argumentos, dándose el lujo de tratarte como idiota? Si es así, ¿recuerdas cómo te sentiste en ese momento, cuando te demostraron que estabas equivocado? Si eres valemadrista, lo habrás olvidado pronto. Pero si eres aprensivo como yo, le habrás dado vueltas en tu cabeza durante días.

Aunque salí bien librado aquella vez, no olvido cómo me sentí. A la fecha, esa sensación me acompaña. Aparece de modo intermitente, cuando me descubro torpe en alguna situación que exige destreza o sagacidad. Los más inteligentes se ríen de sus propios errores, pero yo me siento impotente, como esos sueños en los que uno quiere correr y no puede.

Ese maestro de matemáticas aparece de vez en cuando en mis sueños. Y siempre es igual: me encuentro de nuevo en el salón, y de entre todos, yo soy el estancado, el errado. El que no ha aprovechado el tiempo; el que no ha progresado cuando ya todos lo han hecho. En estos sueños mi estupidez no pasa desapercibida, sino que es terriblemente expuesta. Y no se limita a las matemáticas. Abarca todo el espectro de mi vida.

He intentado interpretar este sueño recurrente de la siguiente forma: ese maestro es un símbolo de mi retraso educacional, mental y profesional, esa tara que vengo arrastrando desde mis fallidos días de estudiante. Un rezago que he intentado compensar como auto-didacta, sin mucho éxito. Una exhortación a realizar más que pequeños esfuerzos, que realmente rompan con mi zona de confort.

Existen muchas cosas básicas que ignoro. Y ese maestro no se irá de mis sueños hasta que sea capaz de verlo a la cara y demostrarle que no he perdido mi tiempo.


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