martes, 9 de agosto de 2011

Lo que rehúye.

En este momento, la voluntad de mi cuerpo es descansar. Llevo días arrastrando un cansancio cuyo origen desconozco. Comienzo a sospechar algún tipo de enfermedad; posiblemente una anemia.

 La voluntad de mi alma es escribir, decir algo, pero no sé qué. Vivo con una especie de obstrucción psicológica. A tres años de escribir regularmente sobre mis anhelos y pesares, siento que no he dicho lo esencial. Eso, tan importante, se me escapa. Se encuentra dentro de mi pero me es intangible; sin embargo quiere salir.

Y no sé por qué, pero también tengo la necesidad de que aquello sea leído por otros. ¿Por qué, si le temo a la opinión pública? ¿Por qué tiendo a exponerme a la vergüenza haciendo público mi diario personal? ¿Por qué me reto de ese modo? Creo que en el fondo he concebido que no tiene mucho sentido tanto expresarse sólo para uno mismo.

Pero, ¿a quién pueden interesarle los soliloquios de un tipo mediocre? Soy uno de tantos seres sin relieve que buscan darse su pequeña importancia, que aspiran a algún tipo trascendencia. Pero esa gloria está reservada para individuos destacados. Que un hombre como yo la busque resulta un poco triste y patético. Supongo que es la tendencia de todo ser humano, ser valorado de algún modo.

Me he llegado a arrepentir de escribir tanto. Tantas palabras que no dicen nada. Es como si nada de lo que yo dijera pudiese tener valor alguno. Pero no lo puedo evitar. Quizá sea el ocio o la monotonía lo que me mueven a ello. Pero siento que es algo más fundamental. Es una carencia interna, un vacío profundo que busca colmarse. Como dije hace tiempo, «escribir es auto-conocimiento».

Existen teorías que dicen que darle juego a las emociones las magnifica desproporcionadamente y produce una pérdida de fuerza interior, convirtiéndonos en seres sin dominio propio y víctimas de nuestro propio torrente emocional. Otra teoría sostiene que «desahogarse» es necesario, a fin de darle salida a sentimientos que pudieran intoxicarnos y hacernos más daño si permanecen reprimidos en el fuero interno.

Creo que ambas ideas son ciertas hasta cierto punto. Es decir, podemos articular nuestros procesos emocionales en palabras con el propósito de observarlos y comprenderlos, sin que por ello nos volvamos adictos a una eterna catarsis. Pero creo que no me corresponde ahondar en esto, pues no soy psicólogo sino un hombre común que necesita y quiere manifestarse libremente de vez en cuando, en busca de algo que no ha dicho aún.


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