martes, 4 de julio de 2017

Día de la Independencia.

Hace veintiún años se estrenó Independence Day.

Mi familia asistió a verla tres veces. Excepto yo, no recuerdo por qué circunstancia. Cada vez que regresaban del cine me compartían sus impresiones: “¡que película!” “está de poca…” “se ven increíbles las naves…” “¡la batalla es lo mejor!” Todo en torno a Independence Day era épico, un gran evento, la humanidad enfrentando la extinción ante una especie tecnológicamente superior.

A juicio de cualquier crítico experto, la película es mala. Los análisis que he leído son en su mayoría desfavorables y tienden a ridiculizarla. Sin embargo, conservo un gran recuerdo de ella.

Fui a ver esta película con mi hermano. Una tarde que debimos asistir a la preparatoria me propuso ir a verla. Cambiamos nuestra ruta con dirección al Cine México, en la glorieta de Insurgentes. No teníamos mucho dinero así que pagamos sólo las entradas. Aunque la película ya no gozaba el auge de sus primeros días, la sala estaba medio llena. Nos sentamos casi hasta los últimos asientos, pegados al pasillo.

Cada vez que volteaba a ver a mi hermano, él señalaba a la pantalla, indicándome que no me perdiera nada, o que atendiera una secuencia genial. Y por supuesto, me fascinó tanto como a los demás. Confirmé las impresiones familiares: era espectacular. Pero lo entrañable fue el gesto espontáneo de mi hermano. Ese detalle de invitarme al cine en consideración por ser yo él único en la familia que no había visto la  película. Además fue honorable el no revelarme previamente la trama.

Siempre que programan Independence Day en televisión no me la pierdo. Bien puedo hallarle cada vez más incoherencias, suscribiendo poco a poco el punto de vista de los críticos recalcitrantes. Pero el amor a mi hermano que evoca esta película permanece intacto.

Hermano, te extraño.